Una
ventana se enciende, otra se sume en la oscuridad. Danzan cada una ignorando a
la otra, pero a su vez todas conspiradas en el anonimato de la ferviente noche
de sábado. Y aquí me tienen, observando a una pequeña parte del mundo, la parte
que me tocó mirar.
La
ciudad por momentos me parece un grito terrible, de desgarro, de desconsuelo de
humanidad arrastrada a ser lo que es por la inercia de los tiempos de cambio.
Otras veces solo me da la impresión de energía, de actividad que busca algún
sentido, alguna forma de pasar el tiempo de la existencia. Quién sabe, cada día
me dice algo diferente, o me hace
recordar cosas que ya sospechaba.
Pero
esto no tiene importancia porque lo que yo voy a contarles les va hacer
olvidarse de esta deteriorada ciudad, desde la cual veo esa luna nívea que me
hace acordar a la otra, a la mía.
“Van
Holding iba a caballo en medio de la noche llevando como compañía solamente a
una gran luna azul. Su capa negra flameaba con el fresco aire noctambulo de
melancolías y resentimiento.
Atizaba
frenéticamente al corcel sin saber por qué se encontraba tan ansioso. El fatal
y terrible desenlace ya había comenzado y todo se encontraba en calma; no
habría razón aparente para seguir a la expectativa de que sucediera algo más.
El estaba seguro que las cosas habían cambiado. Podía vislumbrar un rastro
invisible que parecía unir el mundo de siempre con una ciudad a la que había
accedido sólo en sueños. Esas cosas no se entienden ni verifican en el momento,
y la sola idea de tener que comunicarle al rey en persona que la estrella había
estrangulado a la luna azul, al suelo
que pisaban, a su hogar, le daba escalofríos. Antes de que el caballo se
detuviera, sintió que en realidad no quería parar, que llegaba tan apresurado
como el deseo de seguir de largo aunque el monarca le hubiese visto frenando
cuarenta metros más adelante. Rápidamente le explicó lo que pasaba y le pedio
auxilio y mientras lo hacia se apretaba el estómago porque la verdad es que repentinamente
había empezado a sentir miedo de desaparecer, como si ese hueco en medio de su
ser pudiera extenderse y abarcarlo en su totalidad.
Dejó
al rey llorando desconsoladamente en medio de sus jardines. La luna iba a
desaparecer, ya todo el mundo lo sabía. El rey también sabía que no iba a
volver a ser reconocido por sus súbditos. Un silencio sepulcral lo invadía todo
cubriendo cada cosa de un tenue azul, como nunca había sido tan volátil el
color.
No,
no era posible, a Van Holding le pareció que la luna clamaba su nombre. La
tensión debía estarle jugando una mala pasada. Tenía que concentrarse y salir
de ahí para poder llegar al fondo de todo.
El azul de las cosas ya no era un azul tranquilizante, se volvió un celeste tenue
que lo alteraba, que lo hacía sentir inseguro e indefenso. Tenía que cambiar
todo, tenía que encontrar algo que le devolviera a ese escenario como de
batalla sus estandartes rotos, tenía que seguir aquel rastro que había
descubierto “sólo así podré salir de todo esto” pensó. “¡Quiero salir de aquí!”Llegó
a decir.”
No
puedo evitar sentirme un poco triste cuando recuerdo todo aquel asunto. Lo que
pasa es que cada vez que la luna se tornaba azul era porque su hermana La
estrella imperial la estrangulaba. Cuando esto sucedía todos desesperaban pero
no se daban cuenta que era el curso natural de las cosas, para poder renacer.
Es como si desgajándose, la misma luna descubriera de nuevo su azul fantástico
y característico, con cada cosa atada a ella.
De a
poco voy olvidando esos momento en que solo y perdido me descubría en lo
absurdo de no estar ni solo ni perdido. Una mancha de color carmesí va tiñendo
a la luna que lo abarca todo. Dibuja trazos oscuros y claros en el suelo y el
tiempo avanza tan rápido y yo ya no siento aquel vacio envolviéndome y sin
embargo, sin embargo cuando me doy cuenta… en mi ventana acariciando las nubes ya
no hay una luna pálida, sino una azul.