Camino rápidamente.
Lo que veo de repente, me paraliza el corazón y las piernas por
unos minutos que me parecen casi mortales.
Desearía ir corriendo
a saludarla, sin embargo no puedo, no caminaba solo.
El parpadeo de su visión es como una ráfaga que me
descompagina todo el cuerpo, pero que a la vez me oxigena. Hacen años de
haberla perdido. Me siento sudoroso, nervioso, tiemblo, rio despacio inmensamente
alegre y no puedo explicarle nada de esto a mi acompañante.
Exploto, rezo, ruego porque sea real y no otro delirio.
Aunque de nada le
sirve que sea real. Francisco ha seguido de largo y está a dos cuadras de donde
ha tenido la oportunidad de ver a Margarita. Ella se encuentra radiante,
hermosa, plena. Mueve las manos como explicándole algo a sus tres amigas. Todas
comienzan a reír. Están tomando café en Havanna. En unos minutos él hará todo
lo posible por volver sobre sus pasos para buscarla. Será en vano.
Estoy desesperado por zafarme de mi acompañante. Logro escurrírmele
cinco minutos después cuando se entretiene en un escaparate. Vuelvo al café. Ahora
en lugar de Margarita solo queda una silla vacía. Grito de dolor, la rabia lo
sobrepasa. Solo se me escapó mi verdadero amor por cinco míseros, asquerosos y
retorcidos minutos.
Tal vez la rabia era tan intensa porque Francisco de cierto
modo presentía que esa sería la última vez de su vida en la que tendría a
Margarita tan cerca. En ninguno de los cuarenta años que le quedaban por vivir
la volvería a ver. ¿Por qué te tuviste que ir? Pensó él cabizbajo.
Me alejo derrotado del café y arrastro lentamente los pies
hacia mi acompañante, mi esposa, mi nueva vida.