Creo que hasta ahora no he mencionado la
existencia de mi querido y profano humanoide. Estoy tan embobada con él, que he
perdido de hacer varias cosas que debería haber realizado, de mi rutina, de mi
vida común y corriente como persona normal. Me quedo mirándole durante horas,
perdiendo la noción del tiempo y del espacio, sin control de mi mente, podría
llegar a decir. Me atrapa con sus piruetas y vericuetos, con sus juegos de niño
travieso, con sus cabeceadas de querubín durmiéndose en la tarde de verano.
A
veces roba algunas de mis pertenecías (por eso lo de profano), usualmente las
que utilizo para la escritura o el dibujo y las esconde. Luego tengo que
observarlo detenidamente, horas, e incluso días enteros para poder
recuperarlas. Eso me tiene en vela últimamente. Mi humanoide es casi perfecto.
Solo le falta una voz propia, porque llegado el caso yo soy su voz y voto en
esta sociedad tan infame. Unas noches duermo junto a él, tal cual fuese mi
peluche viviente, otras le cierro la puerta. Ay… mi humanoide es lo mejor que
existe, y cuando el llegó nos prometimos secretamente no abandonarnos hasta por lo
menos dentro de un par de años. Claro, por supuesto que eso son palabras vanas al vacío porque esas cosas no las podemos decidir nosotros.