Uno podría imaginarse un principio con un
hola que tal. Pero para eso es necesario hacer un análisis exhaustivo de eso
que comúnmente se conoce como colectivo. Vehículo de transporte masivo de
pasajeros. Personas que ves solo durante unos minutos en tu vida mientras vas al trabajo, tu casa,
la universidad, el parque, a lo de un amigo. Primero y más cerca del suelo están
las ruedas, de tamaño intermedio entre las de un auto y las de un tractor. El
piso siempre con algo de polvo de los zapatos, los papelitos abollados de los
boletos que amablemente deberíamos guardar en nuestros bolsillos, pero no
porque son tan molestos. Los asientos de a uno que son perfectos para las almas
solitarias o acaso para las poéticamente introspectivas; los de a dos bueno ya
saben son para los sociales o suertudos. Las ventanillas que a veces tienen
cortinas, si no te rostizas como un pollo al espiedo en los días veraniegos. Y
por fin, el techo. Los techos de los
colectivos son anormales, o por lo menos así a mi me lo parecen. Caen personas
de ellos. Más específicamente, un chico raro. ¿Me habló o fue una alucinación?,
otra más, ¿otra voz sin propósito? Miedo, terror, miedo. Ganas de algo
diferente y justo esto, justo el techo del colectivo, que tuve que esperar una
eternidad y me arrepentía de haberlo tomado. Miedo otra vez, miedo a lo
desconocido como quien dice. Y ahora una noche estrellada y mañana quien sabe,
correr, hablar, correr para escapar, tal vez correr para llegar, pero al fin y
al cabo alejarse de algo. Cosa tremenda el destino este. Ojala que no me esté
jugando una carta con una nube oscura dibujada sobre ella, así bien grande,
bien por descargarse a llover y a tronar. Porque uno no puede confiarse de
buenas a primeras ante el primer desconocido que le dirija la palabra. Ya sea
hablando amablemente, ya sea en son de amistad. Me interrogó y lo admito, eso
produjo en mí una sensación parecida a un espasmo entre la desconfianza y la
admiración por la valentía de aquel sujeto que al principio vacilante y luego porfiado
me dirigió la primera palabra. Imagínense mi estupor.