martes, 12 de febrero de 2013

Transporte


Uno podría imaginarse un principio con un hola que tal. Pero para eso es necesario hacer un análisis exhaustivo de eso que comúnmente se conoce como colectivo. Vehículo de transporte masivo de pasajeros. Personas que ves solo durante unos minutos  en tu vida mientras vas al trabajo, tu casa, la universidad, el parque, a lo de un amigo. Primero y más cerca del suelo están las ruedas, de tamaño intermedio entre las de un auto y las de un tractor. El piso siempre con algo de polvo de los zapatos, los papelitos abollados de los boletos que amablemente deberíamos guardar en nuestros bolsillos, pero no porque son tan molestos. Los asientos de a uno que son perfectos para las almas solitarias o acaso para las poéticamente introspectivas; los de a dos bueno ya saben son para los sociales o suertudos. Las ventanillas que a veces tienen cortinas, si no te rostizas como un pollo al espiedo en los días veraniegos. Y por fin,  el techo. Los techos de los colectivos son anormales, o por lo menos así a mi me lo parecen. Caen personas de ellos. Más específicamente, un chico raro. ¿Me habló o fue una alucinación?, otra más, ¿otra voz sin propósito? Miedo, terror, miedo. Ganas de algo diferente y justo esto, justo el techo del colectivo, que tuve que esperar una eternidad y me arrepentía de haberlo tomado. Miedo otra vez, miedo a lo desconocido como quien dice. Y ahora una noche estrellada y mañana quien sabe, correr, hablar, correr para escapar, tal vez correr para llegar, pero al fin y al cabo alejarse de algo. Cosa tremenda el destino este. Ojala que no me esté jugando una carta con una nube oscura dibujada sobre ella, así bien grande, bien por descargarse a llover y a tronar. Porque uno no puede confiarse de buenas a primeras ante el primer desconocido que le dirija la palabra. Ya sea hablando amablemente, ya sea en son de amistad. Me interrogó y lo admito, eso produjo en mí una sensación parecida a un espasmo entre la desconfianza y la admiración por la valentía de aquel sujeto que al principio vacilante y luego porfiado me dirigió la primera palabra. Imagínense mi estupor.