sábado, 28 de julio de 2012

Bajo la llovizna

Nunca le gustaron las pasas. Ese gusto a cosa muerta bajo el sol. Son opiniones. Las uvas son otra cosa dice. El que habla se llama Ernesto. Joven, de unos veinte años, pecoso, simpático, pelo enrulado rebelde, marrón, ojos verdes. Tiene un manto negro llamado Ramón. Perfectamente normal. Ernesto.
Se va caminando bajo la llovizna y el cielo gris con la capucha puesta, las manos en los bolsillos. Lo necesitaba, hacía mucho que no disfrutaba de un día como ese. Le encantaban. Silbaba bajito una canción que se acababa de inventar. Iba pensando. Se sentó en un columpio de la plaza y sintió como el aire helado le pegaba de lleno en la cara. ¿Por qué sonreís así? No sé, responde Ernesto. Estoy esperando algo. ¿Algo como cosa definida o cualquier cosa que te depare el destino? Cualquier hecho. Ernesto seguía pensando. Tal vez si no le hubiera mentido no se hubiese sentido mal, y eso que Ernesto es un buen tipo. Es que no se dio cuenta.
Se esconde de la luz, cruza el puente corriendo. Empieza a subir. Va cada vez más alto. Igual que la otra vez. Le remuerde un poco la conciencia. Todo gira muy rápido y se eleva, va ascendiendo, pierde la cuenta de los kilómetros. Entra de nuevo en el túnel esquizofrénico, en frenético movimiento ascendente y llega. Por fin llega al lugar al que nadie debería saber que existe, ni como llegar, por eso debió mentir. Se agarra al borde para no caerse y echa un vistazo. Sólo con eso se conforma, con mirar, con espiar aunque sea por unos segundos. Aunque después tenga que volver a caer. Aunque después le horrorice sentirse atraído por una inmensa gravedad negra, fría que lo iba a volver a dejar corriendo en aquel puente de esa plaza. Así que se volteó mirando hacía ambos costados, con una sonrisa radiante vio las letras, las oraciones, y con ellas supo lo que iba a hacer luego de correr. Sin embargo no quería saberlo en ese instante. Ya iba a averiguarlo cuando lo viviera. Así que se estiró todo lo que pudo por sobre la página abierta y miró. Miró todo lo que lo rodeaba, eso que algunos llaman universo.
Vio unos ojos marrones.
Después de recuperarse de la sensación de desorientación se bajó la capucha, fue a su casa y se puso a comer uvas. Su perro lo miró fijo a los ojos. Ernesto sabía que no le creía que había salido solo a dar una vuelta. Lo había leído, además Ramón siempre había sido un desconfiado.

"Roberta"

Roberta se siente sola. Se siente usada. Siempre está escuchando a los demás pero nadie la escucha a ella, pobre, casi todos la ignoran hasta tal punto que dicen ni siquiera habla. Tiene veinte años, ojos verdes y siempre está de blanco. Siempre está. Ahora me dice que tiene frió, el viento del sur le da por la espalda. Pobre Roberta, que siempre aguanta, yo le digo que se mude. Se ríe y me dice ¡claro, como si pudiera! Como si fuera vos. Para consolarla le digo que no se amargue, que yo la escucho. Y es entonces cuando Roberta, mi pared preferida, se calla y se va a dormir.



Aquella forma

Francisco llevaba el cuento lleno de orgullo. Se lo iba a mostrar a la maestra. Ella, se sorprendía siempre de las ideas de los niños, porque a pesar de que no poseían experiencia en la redacción siempre sus escritos tenían un toque de ingenio, de inteligencia, otro tanto de ternura.
Ahora que pasó el tiempo sigo sin saber cómo escribir, porque no quiero, por caprichoso, para no arruinar con la razón aquel estilo de antes, aquella forma de ver la vida.

Balcones

  El exterior, a diferencia de esta oscuridad, no sé por qué destino o providencia es soleado y rodeado de verdes jardines. Yo tengo mi pequeño balcón solitario, al igual que todos.  Seres  que desconozco. ¿Qué soy? ¿Quién está leyendo esto?
  Hay que apurarse, aunque nunca funcione. Cada vez que ves a alguien tenés que empezar a hacer gestos para llamar su atención o indefectiblemente al minuto siguiente ya no estará allí.  Hay algunos que solo se asoman por unas milésimas de segundo, como si  estuvieran espiando  el frente de la batalla, o ese límite entre lo que está fuera y la oscuridad. Otros nunca aparecen, y entonces los que regularmente nos asomamos observándolo todo podríamos pensar que no existen, aunque la sola idea en si misma resulte ridícula, ya que si se presta atención en determinados momentos se los escucha gritar.
   Aunque algunos traten de negarlo a través de su actitud esquiva, todos sentimos como si eso que está allí fuera (lo que algunos llaman realidad) fuera asombrosamente atractivo e irresistible, casi como si arrastrara  todas las terminaciones nerviosas, y en un impuso frenético nuestros ojos buscaran algo de bondad en  otros balcones anónimos. A veces pienso que por más que pongamos  todo de cabeza nadie encontrará aquello que anhela, porque casi todo lo que hay en el exterior  es artificial (los demás balcones estarían en mi exterior). El aire tiene que ser removido para que llegue a los pulmones humanos. Los que se encargan de esta tarea son las personas  privilegiadas que andan sueltas, las que se cabalgan a esa cosa esencial que es  humana (me temo que también es lo falta en  el interior de los balcones) y se mueven constantemente cerca del verde espléndido del suelo y bajo la luz cálida del sol. Por otra parte esos privilegios se los otorga cada uno al liberarse de todas estas clases de cosas bélicas.
  Entonces, ¿Por qué traté de usar la razón, la cosa esencialmente  humana, de hacer lo que era mejor, buscar la verdad? El tiempo deja las cosas exactamente como están, pero poder actuar  lo cambia todo. Así que me decidí a interactuar con mi entorno, o al menos intentarlo, enviando un mensaje al exterior. Como aún estaba atado a las cosas belicosas no tuve más remedio que utilizar un método un tanto anticuado y extravagante: tomé una soga y en el extremo  até un pedazo del techo (había caído mágicamente sobre mis rodillas) que decía: “El sol, tan benigno con el mundo exterior,  va a quemarme mientras esto se desmorona”.
  Alguien lo leyó, clandestinamente por supuesto. Ese alguien se detuvo un momento, miró hacia arriba, sonrió como si supiese que lo estaba observando, tomo un lápiz de tinta y escribió una respuesta. Me sentí impulsado a acercarme definitivamente al borde de la ventana. Rápidamente Alguien se alejó antes de que lo descubrieran esas  cosas belicosas y continuó con su fundamental trabajo montado sobre la cosa esencialmente humana. Inmediatamente subí el cordel y leí: Todo es mentira, somos reyes. En ese momento no comprendí esas verdaderas palabras.
  Hasta ese entonces pensé que los que estaban libres ya no lo querían saber. Pero era exactamente al revés, ellos si querían liberar los balcones y a los anónimos. Por ahora mi mundo se acaba.”