sábado, 19 de enero de 2013

Calandria (3)- La aldea (la entrada)


  Luego de caminar varios kilómetros por aquella arena tibia y agradable que se mezclaba con mis pies a cada paso, llegué a vislumbrar una aldea rodeada por una pared de unos cinco metros de alto. Parecía un lugar tranquilo para vivir. Lo que me llamó la atención fue que todo se veía gris, como si un trémulo artista hubiese tomado un pincel gris para crear todo aquel paisaje que tenía ante mis ojos. Sin dudarlo me adentré por la puerta principal que estaba abierta y custodiada desde dos torres equidistantes por dos guardias vestidos igualmente de aquel gris pálido. Me observaron pasar y sonrieron. En ese momento se me ocurrió que quizá Celeste viviese en alguna de aquellas casas bajas, aparentemente pequeñas, de tres ventanas, y sola una puerta, pero luego recordé su atuendo (casualmente era celeste) y pareció que tal vez ese no era el único poblado de aquel mundo. Seguí adentrándome caminando por unas calles estrechas, de tierra, y por primera vez noté que no había nadie a excepción mía. Un tanto atemorizada comencé a retroceder buscando el lugar por el que había ingresado, pero con sorpresa y un creciente temor noté ¡que ya no estaba! Así que comencé a correr por el susto que me dio descubrir que en aquel lugar las cosas cambiaban de lugar o tal vez más que eso, ¡desaparecían esfumándose ante mis ojos! Por primera vez me preocupó la idea de luego no poder encontrar la salida de aquel fascinante mundo llamado Calandria, pero súbitamente me fui viendo inundada de una calma aterciopelada que fue dando paso nuevamente a una curiosidad chispeante.                  


miércoles, 16 de enero de 2013

Calandria (1)- No estamos hechos de átomos


No estamos hechos de átomos, sino de historias. Mis historias son particularmente inquietantes en algunos aspectos, podría llegar a decirse que por eso justamente es que soy como soy. Soy mis historias. Mis historias a su vez cuentan, inventan, ficcionan, maquinan cosas, hechos, personajes. Esta es una de ellas, pero lo peculiar es que tendió a combinarse con migo de tal forma que ni yo misma soy capaz de diferenciar unas de otras.
Todo comienza con un lugar al que llamo Calandria. Fuera de ese lugar me quieren herir una y otra vez.

CALANDRIA
Se apareció mi puerta hacia calandria cuando tenía 11 años.
Estaba en mi habitación, leyendo como hago siempre antes de dormir. Sin saber muy bien porqué, dejé el libro en la mesa de luz y con la escasa que me rodeaba (tenía que leer a escondidas porque lo tenía prohibido) observé todo lo que me rodeaba. Las paredes verdes manzana, el techo blanco, el baúl, el placard hacia mi derecha, la ventana con cortinas blancas en la izquierda, el escritorio frente a mí. Entonces fijé mis ojos sobre el mueble y ya no los pude apartar más. Una niebla espesa y blanca comenzó a engullirlo mientras veía cómo aparecía un paisaje del otro lado. Se trataba de un desierto de finas arenas doradas y un cielo muy azul. Sin dudarlo, así como estaba, con el pijama puesto, salí corriendo en aquella dirección. Cuando entré, mi habitación y todo lo que me había conducido hasta allí desapareció.
Un clavel rojo gigantesco brotó del suelo, cuál árbol añoso presto a dar sombra, tal vez cobijo a los viajantes, ante la tormenta inminente que estaba por romper tras la rapidísima aparición de un torrente de nubes grises que en un segundo cubrió todo el cielo.
¡Parecía que en ese lugar el tiempo estaba tan acelerado! Como si hubiese puesto un poco de arena del suelo en un enorme reloj y sin poder detenerse cayera desconsoladamente hasta el momento preciso en el que me viera obligada a regresar a mi anterior existencia.
Aquel clavel debió de parecerme algo amenazador porque recuerdo que comencé a caminar en línea recta en sentido contrariaron al lugar porque había entrado (y aparecido la flor). A los pocos metros detecté unas huellas de pies humanos y comencé a seguirlos cuando tronó el primer rayo. Empecé a correr siguiendo los rastros sin saber cuánto tiempo me quedaba en el reloj antes de volver (porque desde que se me ocurrió aquella idea estaba completamente segura de que así sería). Mis pasos me llevaron hasta una mujer de mediana edad que dijo llamarse Celeste. A ella le pregunté por el clavel rojo que había presenciado brotar del suelo y por el lugar en el que me encontraba. Aquella mujer de expresión amable y bondadosa respondió que las flores son hermosas y más si se trata de un clavel rojo y respecto a mi segunda inquietud dijo que se llamaba Calandria pero porque así yo lo había nombrado. Instantes después y sin darme tiempo a más interrogatorios me tomó entre sus brazos abrazándome tiernamente. Cuando me calmé del estupor y el nerviosismo (porque hasta ese momento me creía perdida) Celeste desapareció esfumándose de entre mis brazos.

Calandria (2)- Alicia no se llamaba Alicia


Alicia no se llamaba Alicia.
Lo que todos saben a ciencia cierta es que entró, pero nadie sabe si algún día logró salir.
Ella quería que le llamaran así.
Calandria es un lugar maravilloso, al principio, de ensueño, diseñado especialmente para cada persona que entra allí, convirtiéndose en el paraíso particular de cada uno. Pero una vez que se habitúa a entrar allí a diario se va quedando y ya no se quiere volver jamás. El único problema es que justo luego de decidir cerrar el portal con el mundo real, Calandria se convierte en la peor de las pesadillas, de esas que son reales  y atormenta hasta al más inocente.
Por supuesto eso Alicia lo desconocía aquella noche en que vislumbró en su habitación arenas doradas detrás de una cortina de vapor que envolvió a su escritorio hasta hacerlo desaparecer junto con la pared que tenia detrás. Así es como se apareció ante ella su entrada a Calandria. 

Del día bitacorico


Esta noche he notado que estuve aquí antes
Pero cuando o como no lo sabría decir
Sé que tus dedos acarician las flores del jardín detrás de la puerta
Es  dulce el aroma que percibo con todos mis sentidos
Es el sonido de este silencio lo que alumbra mi interior
La luz que ahora está en todas partes es de tu corazón
Que siempre se  anunció de esta manera:
con el alma desde el sonido hecho silencio
 y la tensión hecha paz blanca.
Caminé por esa calle para llegar a vos.
Cerca una despedida.

Estábamos por saltar al vacío y justo en el borde,  justo donde las almas creían iban a encontrar algo parecido a la última esperanza, cruzaron miradas. Fue entonces y no justo después cuando la encontraron.  Y luego no les dio miedo volver a vivir. Dieron media vuelta, acallando los gritos de dolor.  Cerraron los ojos y se dejaron llevar.
Dice que yo miré primero a mi lado, dije hola y luego pregunté su nombre. La noche se había tornado  fría. Pedía a gritos que me salvara.
Su corazón lo intuía, su mente quería que le convenciese de lo contrario, sus ojos derramaron las más tristes y desesperadas lágrimas. Cumplí lo que la razón me ordenaba, y al poco tiempo estábamos riendo. Siempre tuvo ese don de hacerme reír en los momentos en que la felicidad se esconde tras una nube indecisa que constantemente es azotada por los vientos de mi mente joven. Tal vez era indecisión, o tal vez miedo, entonces la nube se volvía gris y ya parecía que iba a quedarse allí para siempre.

Tanto que decir y poco que leerás, porque por definición y contexto no se pueden entender ni explicar con lógica y razón las cosas del corazón. Todo empezó como ya les he relatado, con un hola y palabras sinceras. A la semana esas palabras se transformaron en un te amo. Al cumplir el mes ya habíamos hecho el amor. Si, así era todo, vertiginoso, arriesgado, como mi amor. Arriesgado digo, porque era un amor a distancia, siempre en pensamiento se encontraban latentes los celos, irónicamente el extrañar se hacía insoportable, la distancia al final no sé si fue lo mejor o lo peor que nos pudo pasar. Porque mientras los kilómetros nos separaban físicamente paradójicamente nuestras almas estaban tan unidas que sentíamos lo mismo a cada momento, nuestras mentes estaban conectadas, si me sentía mal también se sentía mal, si no quería hablar tampoco lo deseaba…
Sin embargo lo nuestro duró lo que un suspiro, de esos tantos que yo daba. Un mes y diez días bastaron para dejarme en este estado deplorable en que mi razón se ha convertido en locura de llantos y alma en pena.

Preguntale a sus libros


Preguntale a sus libros de quien quieren ser
decile a sus manos que ya sé que han ido
(donde la muerte enseña a vivir a los muertos)
deciles que no se olviden de poner la carta en el bolsillo

Un día cualquiera esperándola
esperando el momento
el hueco bajo la escalera
la sombra donde se posa

¿Qué voy a hacer con ella?
¿qué hará ella con el miedo?
las palabras  buscan asilo en su garganta
y sin embargo no dice nada

Esa manía de resistir
la arrastra, la muerde
la sume y ya sin palabras
cruza al otro lado del delirio

Y al tomar las flores
y al irse su grito con el viento
y al dormir en la memoria de un muro
y al irse los barcos sedientos de realidad
ha de partir.

No más inercia bajo el sol.