martes, 9 de octubre de 2012

Cosas de humanos


+ ¿Ves cuando vas al baño, y te sentás para hacer de cuerpo?
- Mmm…sí
+ Bueno, eso es lo que te digo
- ¿pero qué tiene que ver? No entiendo
+ Yo te explico (se toca la barba con aire intelectual). Las partes puras del cuerpo serían las que quedan afuera. (Mira al interlocutor). Las que no están encima de la taza. Como las piernas, los brazos… (Se sienta y abre los brazos hacia los costados con una mueca de risa)
- ¿Cómo puras? ¿Como limpias?
+ Si, si, y si vos te pones a pensar, aquí (se señala el estómago y el pecho) está lo más importante: el corazón, el hígado, los riñones… y hasta me siento tentado de irme un poco para arriba e incluir la cabeza.
- Claaaro, ¿y esas partes serían impuras?
+ Pero por supuesto, ya te dije. (Se enoja un poco porque cree que no le sigue la explicación). Pero son también las que más necesitamos. No te pueden amputar una cabeza o un corazón, o el tronco entero ¿entendés?
- Mmmm
+ Es como si el ser humano no pudiese desprenderse de su parte impura, mala, porque de alguna forma, es también la más importante. La que lo define
- Ajá, cómo si las tripas estuvieran intrínsecamente ligadas a la maldad, las mentiras, la frivolidad, la superficialidad, el egoísmo, el egocentrismo, el narcisismo, el psicopatismo, el socialismo, el anti altruismo (todo esto lo dice muy rápido)
+ Más vale, porque si vos me haces caso y te detenés a pensar un ratito, es así, no queda de otra
- ¿Y todo eso lo pensaste en el baño? Jaja, sos un genio
+ No tanta risa, que no me quedó otra. Ayer tuve diarrea.

FIN

sábado, 28 de julio de 2012

Bajo la llovizna

Nunca le gustaron las pasas. Ese gusto a cosa muerta bajo el sol. Son opiniones. Las uvas son otra cosa dice. El que habla se llama Ernesto. Joven, de unos veinte años, pecoso, simpático, pelo enrulado rebelde, marrón, ojos verdes. Tiene un manto negro llamado Ramón. Perfectamente normal. Ernesto.
Se va caminando bajo la llovizna y el cielo gris con la capucha puesta, las manos en los bolsillos. Lo necesitaba, hacía mucho que no disfrutaba de un día como ese. Le encantaban. Silbaba bajito una canción que se acababa de inventar. Iba pensando. Se sentó en un columpio de la plaza y sintió como el aire helado le pegaba de lleno en la cara. ¿Por qué sonreís así? No sé, responde Ernesto. Estoy esperando algo. ¿Algo como cosa definida o cualquier cosa que te depare el destino? Cualquier hecho. Ernesto seguía pensando. Tal vez si no le hubiera mentido no se hubiese sentido mal, y eso que Ernesto es un buen tipo. Es que no se dio cuenta.
Se esconde de la luz, cruza el puente corriendo. Empieza a subir. Va cada vez más alto. Igual que la otra vez. Le remuerde un poco la conciencia. Todo gira muy rápido y se eleva, va ascendiendo, pierde la cuenta de los kilómetros. Entra de nuevo en el túnel esquizofrénico, en frenético movimiento ascendente y llega. Por fin llega al lugar al que nadie debería saber que existe, ni como llegar, por eso debió mentir. Se agarra al borde para no caerse y echa un vistazo. Sólo con eso se conforma, con mirar, con espiar aunque sea por unos segundos. Aunque después tenga que volver a caer. Aunque después le horrorice sentirse atraído por una inmensa gravedad negra, fría que lo iba a volver a dejar corriendo en aquel puente de esa plaza. Así que se volteó mirando hacía ambos costados, con una sonrisa radiante vio las letras, las oraciones, y con ellas supo lo que iba a hacer luego de correr. Sin embargo no quería saberlo en ese instante. Ya iba a averiguarlo cuando lo viviera. Así que se estiró todo lo que pudo por sobre la página abierta y miró. Miró todo lo que lo rodeaba, eso que algunos llaman universo.
Vio unos ojos marrones.
Después de recuperarse de la sensación de desorientación se bajó la capucha, fue a su casa y se puso a comer uvas. Su perro lo miró fijo a los ojos. Ernesto sabía que no le creía que había salido solo a dar una vuelta. Lo había leído, además Ramón siempre había sido un desconfiado.

"Roberta"

Roberta se siente sola. Se siente usada. Siempre está escuchando a los demás pero nadie la escucha a ella, pobre, casi todos la ignoran hasta tal punto que dicen ni siquiera habla. Tiene veinte años, ojos verdes y siempre está de blanco. Siempre está. Ahora me dice que tiene frió, el viento del sur le da por la espalda. Pobre Roberta, que siempre aguanta, yo le digo que se mude. Se ríe y me dice ¡claro, como si pudiera! Como si fuera vos. Para consolarla le digo que no se amargue, que yo la escucho. Y es entonces cuando Roberta, mi pared preferida, se calla y se va a dormir.



Aquella forma

Francisco llevaba el cuento lleno de orgullo. Se lo iba a mostrar a la maestra. Ella, se sorprendía siempre de las ideas de los niños, porque a pesar de que no poseían experiencia en la redacción siempre sus escritos tenían un toque de ingenio, de inteligencia, otro tanto de ternura.
Ahora que pasó el tiempo sigo sin saber cómo escribir, porque no quiero, por caprichoso, para no arruinar con la razón aquel estilo de antes, aquella forma de ver la vida.

Balcones

  El exterior, a diferencia de esta oscuridad, no sé por qué destino o providencia es soleado y rodeado de verdes jardines. Yo tengo mi pequeño balcón solitario, al igual que todos.  Seres  que desconozco. ¿Qué soy? ¿Quién está leyendo esto?
  Hay que apurarse, aunque nunca funcione. Cada vez que ves a alguien tenés que empezar a hacer gestos para llamar su atención o indefectiblemente al minuto siguiente ya no estará allí.  Hay algunos que solo se asoman por unas milésimas de segundo, como si  estuvieran espiando  el frente de la batalla, o ese límite entre lo que está fuera y la oscuridad. Otros nunca aparecen, y entonces los que regularmente nos asomamos observándolo todo podríamos pensar que no existen, aunque la sola idea en si misma resulte ridícula, ya que si se presta atención en determinados momentos se los escucha gritar.
   Aunque algunos traten de negarlo a través de su actitud esquiva, todos sentimos como si eso que está allí fuera (lo que algunos llaman realidad) fuera asombrosamente atractivo e irresistible, casi como si arrastrara  todas las terminaciones nerviosas, y en un impuso frenético nuestros ojos buscaran algo de bondad en  otros balcones anónimos. A veces pienso que por más que pongamos  todo de cabeza nadie encontrará aquello que anhela, porque casi todo lo que hay en el exterior  es artificial (los demás balcones estarían en mi exterior). El aire tiene que ser removido para que llegue a los pulmones humanos. Los que se encargan de esta tarea son las personas  privilegiadas que andan sueltas, las que se cabalgan a esa cosa esencial que es  humana (me temo que también es lo falta en  el interior de los balcones) y se mueven constantemente cerca del verde espléndido del suelo y bajo la luz cálida del sol. Por otra parte esos privilegios se los otorga cada uno al liberarse de todas estas clases de cosas bélicas.
  Entonces, ¿Por qué traté de usar la razón, la cosa esencialmente  humana, de hacer lo que era mejor, buscar la verdad? El tiempo deja las cosas exactamente como están, pero poder actuar  lo cambia todo. Así que me decidí a interactuar con mi entorno, o al menos intentarlo, enviando un mensaje al exterior. Como aún estaba atado a las cosas belicosas no tuve más remedio que utilizar un método un tanto anticuado y extravagante: tomé una soga y en el extremo  até un pedazo del techo (había caído mágicamente sobre mis rodillas) que decía: “El sol, tan benigno con el mundo exterior,  va a quemarme mientras esto se desmorona”.
  Alguien lo leyó, clandestinamente por supuesto. Ese alguien se detuvo un momento, miró hacia arriba, sonrió como si supiese que lo estaba observando, tomo un lápiz de tinta y escribió una respuesta. Me sentí impulsado a acercarme definitivamente al borde de la ventana. Rápidamente Alguien se alejó antes de que lo descubrieran esas  cosas belicosas y continuó con su fundamental trabajo montado sobre la cosa esencialmente humana. Inmediatamente subí el cordel y leí: Todo es mentira, somos reyes. En ese momento no comprendí esas verdaderas palabras.
  Hasta ese entonces pensé que los que estaban libres ya no lo querían saber. Pero era exactamente al revés, ellos si querían liberar los balcones y a los anónimos. Por ahora mi mundo se acaba.”

sábado, 19 de mayo de 2012

Sin título- 3

Reina de un trozo de cielo
te encontré ordenando a un tornado
atacar mi corazón.
Diste vuelta las esquinas de mi razón
me volví una hoja de otoño
mecida por tu voz.
Todas las noches, también los días
jugando con los colores de la vida
dibujas vientos helados
y este bosque ya es una locura
de árboles congelados
que sueñan
que desean
no ser humanos.

Sin título- 2


Dibujame un sonido
cantando al piano del amanecer

que en la noche tramposa
se me esconden las palabras
que es tarde y busco esa frase
sigilosa (que será de luz)
que me libere de este sueño tan extraño
que me deje llevarme
para poder engañarme
porque ahora solo es la ausencia
de calor.
Te imagino, pero sólo es eso
No hay abrigo ni color.

Sin título- 1

Medio volando, medio bailando
se me desvela el corazón
saltando, abriendo los brazos al aire
que rodea al bosque. No hay sendero
solamente hojas y sol. Pájaros
rojos, una tos y ¡hay! Se volaron.
Una sombra, no es nadie
otra vez la voz
no hay mucho tiempo
tras esta poeta que se va
buscando un ángel
me interné entre árboles
esta primavera que te rodea me elevó
y me fui volando de nuevo,
entre tu
voz.

ÁRBOL BLANCO


Me senté en una nube para descansar. Miraba el mar cuando de pronto, justo en medio, empezó a crecer un árbol. Sí, así sin más, como si fuese un cabello o un brazo. Tan extrañado me encontraba que no podía apartar la mirada, además jamás había visto un árbol tan blanco. Después empezaron a llover hojas y a cantar las aguas. Entonces me dio miedo y desee que todo volviese a ser como antes, y todo se apagó, la blancura del árbol misterioso desapareció, al igual que las hojas y el canto. Las aguas se calmaron. El viento cesó y la noche volvió a ser tan estrellada como siempre cuando me sequé las lágrimas y me levanté de la nube.

ÁRBOL DE LOS DESEOS


Te miro, me pregunto
¿cómo has hecho?
de un frágil brote renaciste
después de la tala impasible.

Árbol, que ahora te plantas ante mí
y me decís aquí estoy, recordame
árbol que nunca muere
que desde mi génesis sabés quién soy
tus hojas verdes susurran, pedacitos de felicidad
tus brotes tiernos aparecen
cuando ves el brillo, la calma de mi mirar
ya el viento de la luna mece tus hojas
te vas adormeciendo sin pensar
ya no hay contradicción, fluye tu sabia
mezclándose con la sangre, con mi sangre.

jueves, 9 de febrero de 2012

“Como Beethoven: una luna llamada Eliza”

Contemplando la luna
escucho su risa,
veo su encanto…

Contemplo aquel astro
de luz lejana,
destellos que hablan,
seduciendo poco a poco mi alma.

Hay una dama dicen,
dicen Eliza se llama…
Ella le cuenta
a esa cómplice luna
temores, miedos, locuras
triunfos, sonrisas y abrazos.

Abismos dispares
pierden su tiempo
pierden su espanto,
cuando entre minerales
se filtra tu luz en lo alto;
y escapan al silencio…
esas palabras, tus palabras
que me dicen que ya estás contenta
que estás calma.

Todo eso susurra tu voz lejana,
que es la luna,
que es mi alma.