Nunca le gustaron las pasas. Ese gusto a cosa muerta bajo el sol. Son opiniones. Las uvas son otra cosa dice. El que habla se llama Ernesto. Joven, de unos veinte años, pecoso, simpático, pelo enrulado rebelde, marrón, ojos verdes. Tiene un manto negro llamado Ramón. Perfectamente normal. Ernesto.
Se va caminando bajo la llovizna y el cielo gris con la capucha puesta, las manos en los bolsillos. Lo necesitaba, hacía mucho que no disfrutaba de un día como ese. Le encantaban. Silbaba bajito una canción que se acababa de inventar. Iba pensando. Se sentó en un columpio de la plaza y sintió como el aire helado le pegaba de lleno en la cara. ¿Por qué sonreís así? No sé, responde Ernesto. Estoy esperando algo. ¿Algo como cosa definida o cualquier cosa que te depare el destino? Cualquier hecho. Ernesto seguía pensando. Tal vez si no le hubiera mentido no se hubiese sentido mal, y eso que Ernesto es un buen tipo. Es que no se dio cuenta.
Se esconde de la luz, cruza el puente corriendo. Empieza a subir. Va cada vez más alto. Igual que la otra vez. Le remuerde un poco la conciencia. Todo gira muy rápido y se eleva, va ascendiendo, pierde la cuenta de los kilómetros. Entra de nuevo en el túnel esquizofrénico, en frenético movimiento ascendente y llega. Por fin llega al lugar al que nadie debería saber que existe, ni como llegar, por eso debió mentir. Se agarra al borde para no caerse y echa un vistazo. Sólo con eso se conforma, con mirar, con espiar aunque sea por unos segundos. Aunque después tenga que volver a caer. Aunque después le horrorice sentirse atraído por una inmensa gravedad negra, fría que lo iba a volver a dejar corriendo en aquel puente de esa plaza. Así que se volteó mirando hacía ambos costados, con una sonrisa radiante vio las letras, las oraciones, y con ellas supo lo que iba a hacer luego de correr. Sin embargo no quería saberlo en ese instante. Ya iba a averiguarlo cuando lo viviera. Así que se estiró todo lo que pudo por sobre la página abierta y miró. Miró todo lo que lo rodeaba, eso que algunos llaman universo.
Vio unos ojos marrones.
Después de recuperarse de la sensación de desorientación se bajó la capucha, fue a su casa y se puso a comer uvas. Su perro lo miró fijo a los ojos. Ernesto sabía que no le creía que había salido solo a dar una vuelta. Lo había leído, además Ramón siempre había sido un desconfiado.