“ El exterior, a diferencia de esta oscuridad, no sé por qué destino o providencia es soleado y rodeado de verdes jardines. Yo tengo mi pequeño balcón solitario, al igual que todos. Seres que desconozco. ¿Qué soy? ¿Quién está leyendo esto?
Hay que apurarse, aunque nunca funcione. Cada vez que ves a alguien tenés que empezar a hacer gestos para llamar su atención o indefectiblemente al minuto siguiente ya no estará allí. Hay algunos que solo se asoman por unas milésimas de segundo, como si estuvieran espiando el frente de la batalla, o ese límite entre lo que está fuera y la oscuridad. Otros nunca aparecen, y entonces los que regularmente nos asomamos observándolo todo podríamos pensar que no existen, aunque la sola idea en si misma resulte ridícula, ya que si se presta atención en determinados momentos se los escucha gritar.
Aunque algunos traten de negarlo a través de su actitud esquiva, todos sentimos como si eso que está allí fuera (lo que algunos llaman realidad) fuera asombrosamente atractivo e irresistible, casi como si arrastrara todas las terminaciones nerviosas, y en un impuso frenético nuestros ojos buscaran algo de bondad en otros balcones anónimos. A veces pienso que por más que pongamos todo de cabeza nadie encontrará aquello que anhela, porque casi todo lo que hay en el exterior es artificial (los demás balcones estarían en mi exterior). El aire tiene que ser removido para que llegue a los pulmones humanos. Los que se encargan de esta tarea son las personas privilegiadas que andan sueltas, las que se cabalgan a esa cosa esencial que es humana (me temo que también es lo falta en el interior de los balcones) y se mueven constantemente cerca del verde espléndido del suelo y bajo la luz cálida del sol. Por otra parte esos privilegios se los otorga cada uno al liberarse de todas estas clases de cosas bélicas.
Entonces, ¿Por qué traté de usar la razón, la cosa esencialmente humana, de hacer lo que era mejor, buscar la verdad? El tiempo deja las cosas exactamente como están, pero poder actuar lo cambia todo. Así que me decidí a interactuar con mi entorno, o al menos intentarlo, enviando un mensaje al exterior. Como aún estaba atado a las cosas belicosas no tuve más remedio que utilizar un método un tanto anticuado y extravagante: tomé una soga y en el extremo até un pedazo del techo (había caído mágicamente sobre mis rodillas) que decía: “El sol, tan benigno con el mundo exterior, va a quemarme mientras esto se desmorona”.
Alguien lo leyó, clandestinamente por supuesto. Ese alguien se detuvo un momento, miró hacia arriba, sonrió como si supiese que lo estaba observando, tomo un lápiz de tinta y escribió una respuesta. Me sentí impulsado a acercarme definitivamente al borde de la ventana. Rápidamente Alguien se alejó antes de que lo descubrieran esas cosas belicosas y continuó con su fundamental trabajo montado sobre la cosa esencialmente humana. Inmediatamente subí el cordel y leí: Todo es mentira, somos reyes. En ese momento no comprendí esas verdaderas palabras.
Hasta ese entonces pensé que los que estaban libres ya no lo querían saber. Pero era exactamente al revés, ellos si querían liberar los balcones y a los anónimos. Por ahora mi mundo se acaba.”