Luego de caminar varios kilómetros por aquella arena tibia y
agradable que se mezclaba con mis pies a cada paso, llegué a vislumbrar una
aldea rodeada por una pared de unos cinco metros de alto. Parecía un lugar
tranquilo para vivir. Lo que me llamó la atención fue que todo se veía gris,
como si un trémulo artista hubiese tomado un pincel gris para crear todo aquel
paisaje que tenía ante mis ojos. Sin dudarlo me adentré por la puerta principal
que estaba abierta y custodiada desde dos torres equidistantes por dos guardias
vestidos igualmente de aquel gris pálido. Me observaron pasar y sonrieron. En ese
momento se me ocurrió que quizá Celeste viviese en alguna de aquellas casas
bajas, aparentemente pequeñas, de tres ventanas, y sola una puerta, pero luego
recordé su atuendo (casualmente era celeste) y pareció que tal vez ese no era
el único poblado de aquel mundo. Seguí adentrándome caminando por unas calles
estrechas, de tierra, y por primera vez noté que no había nadie a excepción mía.
Un tanto atemorizada comencé a retroceder buscando el lugar por el que había ingresado,
pero con sorpresa y un creciente temor noté ¡que ya no estaba! Así que comencé a
correr por el susto que me dio descubrir que en aquel lugar las cosas cambiaban
de lugar o tal vez más que eso, ¡desaparecían esfumándose ante mis ojos! Por primera
vez me preocupó la idea de luego no poder encontrar la salida de aquel fascinante
mundo llamado Calandria, pero súbitamente me fui viendo inundada de una calma
aterciopelada que fue dando paso nuevamente a una curiosidad chispeante.
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