Esta noche he notado que estuve aquí antes
Pero cuando o como no lo sabría decir
Sé que tus dedos acarician las flores del jardín detrás de
la puerta
Es dulce el aroma que
percibo con todos mis sentidos
Es el sonido de este silencio lo que alumbra mi interior
La luz que ahora está en todas partes es de tu corazón
Que siempre se anunció de esta manera:
con el alma desde el sonido hecho silencio
y la tensión hecha
paz blanca.
Caminé por esa calle para llegar a vos.
Cerca una despedida.
Estábamos por saltar al vacío y justo en el borde, justo donde las almas creían iban a encontrar
algo parecido a la última esperanza, cruzaron miradas. Fue entonces y no justo
después cuando la encontraron. Y luego no
les dio miedo volver a vivir. Dieron media vuelta, acallando los gritos de
dolor. Cerraron los ojos y se dejaron
llevar.
Dice que yo miré primero a mi lado, dije hola y luego
pregunté su nombre. La noche se había tornado
fría. Pedía a gritos que me salvara.
Su corazón lo intuía, su mente quería que le convenciese de
lo contrario, sus ojos derramaron las más tristes y desesperadas lágrimas.
Cumplí lo que la razón me ordenaba, y al poco tiempo estábamos riendo. Siempre
tuvo ese don de hacerme reír en los momentos en que la felicidad se esconde
tras una nube indecisa que constantemente es azotada por los vientos de mi
mente joven. Tal vez era indecisión, o tal vez miedo, entonces la nube se
volvía gris y ya parecía que iba a quedarse allí para siempre.
Tanto que decir y poco que leerás, porque por definición y
contexto no se pueden entender ni explicar con lógica y razón las cosas del
corazón. Todo empezó como ya les he relatado, con un hola y palabras sinceras.
A la semana esas palabras se transformaron en un te amo. Al cumplir el mes ya
habíamos hecho el amor. Si, así era todo, vertiginoso, arriesgado, como mi
amor. Arriesgado digo, porque era un amor a distancia, siempre en pensamiento
se encontraban latentes los celos, irónicamente el extrañar se hacía
insoportable, la distancia al final no sé si fue lo mejor o lo peor que nos
pudo pasar. Porque mientras los kilómetros nos separaban físicamente
paradójicamente nuestras almas estaban tan unidas que sentíamos lo mismo a cada
momento, nuestras mentes estaban conectadas, si me sentía mal también se sentía
mal, si no quería hablar tampoco lo deseaba…
Sin embargo lo nuestro duró lo que un suspiro, de esos
tantos que yo daba. Un mes y diez días bastaron para dejarme en este estado
deplorable en que mi razón se ha convertido en locura de llantos y alma en
pena.