miércoles, 16 de enero de 2013

Calandria (1)- No estamos hechos de átomos


No estamos hechos de átomos, sino de historias. Mis historias son particularmente inquietantes en algunos aspectos, podría llegar a decirse que por eso justamente es que soy como soy. Soy mis historias. Mis historias a su vez cuentan, inventan, ficcionan, maquinan cosas, hechos, personajes. Esta es una de ellas, pero lo peculiar es que tendió a combinarse con migo de tal forma que ni yo misma soy capaz de diferenciar unas de otras.
Todo comienza con un lugar al que llamo Calandria. Fuera de ese lugar me quieren herir una y otra vez.

CALANDRIA
Se apareció mi puerta hacia calandria cuando tenía 11 años.
Estaba en mi habitación, leyendo como hago siempre antes de dormir. Sin saber muy bien porqué, dejé el libro en la mesa de luz y con la escasa que me rodeaba (tenía que leer a escondidas porque lo tenía prohibido) observé todo lo que me rodeaba. Las paredes verdes manzana, el techo blanco, el baúl, el placard hacia mi derecha, la ventana con cortinas blancas en la izquierda, el escritorio frente a mí. Entonces fijé mis ojos sobre el mueble y ya no los pude apartar más. Una niebla espesa y blanca comenzó a engullirlo mientras veía cómo aparecía un paisaje del otro lado. Se trataba de un desierto de finas arenas doradas y un cielo muy azul. Sin dudarlo, así como estaba, con el pijama puesto, salí corriendo en aquella dirección. Cuando entré, mi habitación y todo lo que me había conducido hasta allí desapareció.
Un clavel rojo gigantesco brotó del suelo, cuál árbol añoso presto a dar sombra, tal vez cobijo a los viajantes, ante la tormenta inminente que estaba por romper tras la rapidísima aparición de un torrente de nubes grises que en un segundo cubrió todo el cielo.
¡Parecía que en ese lugar el tiempo estaba tan acelerado! Como si hubiese puesto un poco de arena del suelo en un enorme reloj y sin poder detenerse cayera desconsoladamente hasta el momento preciso en el que me viera obligada a regresar a mi anterior existencia.
Aquel clavel debió de parecerme algo amenazador porque recuerdo que comencé a caminar en línea recta en sentido contrariaron al lugar porque había entrado (y aparecido la flor). A los pocos metros detecté unas huellas de pies humanos y comencé a seguirlos cuando tronó el primer rayo. Empecé a correr siguiendo los rastros sin saber cuánto tiempo me quedaba en el reloj antes de volver (porque desde que se me ocurrió aquella idea estaba completamente segura de que así sería). Mis pasos me llevaron hasta una mujer de mediana edad que dijo llamarse Celeste. A ella le pregunté por el clavel rojo que había presenciado brotar del suelo y por el lugar en el que me encontraba. Aquella mujer de expresión amable y bondadosa respondió que las flores son hermosas y más si se trata de un clavel rojo y respecto a mi segunda inquietud dijo que se llamaba Calandria pero porque así yo lo había nombrado. Instantes después y sin darme tiempo a más interrogatorios me tomó entre sus brazos abrazándome tiernamente. Cuando me calmé del estupor y el nerviosismo (porque hasta ese momento me creía perdida) Celeste desapareció esfumándose de entre mis brazos.