No estamos hechos de átomos, sino de
historias. Mis historias son particularmente inquietantes en algunos aspectos,
podría llegar a decirse que por eso justamente es que soy como soy. Soy mis
historias. Mis historias a su vez cuentan, inventan, ficcionan, maquinan cosas,
hechos, personajes. Esta es una de ellas, pero lo peculiar es que tendió a
combinarse con migo de tal forma que ni yo misma soy capaz de diferenciar unas
de otras.
Todo comienza con un lugar al que llamo
Calandria. Fuera de ese lugar me quieren herir una y otra vez.
CALANDRIA
Se apareció mi puerta hacia calandria
cuando tenía 11 años.
Estaba en mi habitación, leyendo como hago
siempre antes de dormir. Sin saber muy bien porqué, dejé el libro en la mesa de
luz y con la escasa que me rodeaba (tenía que leer a escondidas porque lo tenía
prohibido) observé todo lo que me rodeaba. Las paredes verdes manzana, el techo
blanco, el baúl, el placard hacia mi derecha, la ventana con cortinas blancas
en la izquierda, el escritorio frente a mí. Entonces fijé mis ojos sobre el
mueble y ya no los pude apartar más. Una niebla espesa y blanca comenzó a
engullirlo mientras veía cómo aparecía un paisaje del otro lado. Se trataba de
un desierto de finas arenas doradas y un cielo muy azul. Sin dudarlo, así como estaba,
con el pijama puesto, salí corriendo en aquella dirección. Cuando entré, mi
habitación y todo lo que me había conducido hasta allí desapareció.
Un clavel rojo gigantesco brotó del suelo,
cuál árbol añoso presto a dar sombra, tal vez cobijo a los viajantes, ante la
tormenta inminente que estaba por romper tras la rapidísima aparición de un
torrente de nubes grises que en un segundo cubrió todo el cielo.
¡Parecía que en ese lugar el tiempo estaba
tan acelerado! Como si hubiese puesto un poco de arena del suelo en un enorme
reloj y sin poder detenerse cayera desconsoladamente hasta el momento preciso
en el que me viera obligada a regresar a mi anterior existencia.
Aquel clavel debió de parecerme algo
amenazador porque recuerdo que comencé a caminar en línea recta en sentido
contrariaron al lugar porque había entrado (y aparecido la flor). A los pocos
metros detecté unas huellas de pies humanos y comencé a seguirlos cuando tronó
el primer rayo. Empecé a correr siguiendo los rastros sin saber cuánto tiempo
me quedaba en el reloj antes de volver (porque desde que se me ocurrió aquella
idea estaba completamente segura de que así sería). Mis pasos me llevaron hasta
una mujer de mediana edad que dijo llamarse Celeste. A ella le pregunté por el
clavel rojo que había presenciado brotar del suelo y por el lugar en el que me
encontraba. Aquella mujer de expresión amable y bondadosa respondió que las
flores son hermosas y más si se trata de un clavel rojo y respecto a mi segunda
inquietud dijo que se llamaba Calandria pero porque así yo lo había nombrado.
Instantes después y sin darme tiempo a más interrogatorios me tomó entre sus
brazos abrazándome tiernamente. Cuando me calmé del estupor y el nerviosismo
(porque hasta ese momento me creía perdida) Celeste desapareció esfumándose de
entre mis brazos.