domingo, 20 de enero de 2013

Calandria (4)- La aldea (la salida)


   Sin titubear posé mi mano sobre el picaporte de una de aquellas puertas y tiré hacia abajo. Empujando con timidez, ingresé a un interior sencillamente decorado con una mesa de madera rodeada de cuatro sillas. En una de las paredes habían colocado una pintura de un ave similar a la alondra con el dorso pardo y el vientre blanquecino. Iba a proseguir con mi inspección cuando escuché el sonido de unos pasos. Me apresuré a atravesar otra vez la puerta y salí de nuevo mirando a ambos lados de la calle, pero no había nadie. Seguí caminando y observando todas aquellas casitas que parecían el calco repetido de algún modelo, entonces se me ocurrió que los habitantes de aquella aldea (si es que llegaba a encontrar alguno) debían ser en extremo felices, pues allí no había lugar para la envidia, las clases sociales, los privilegios, y esa clase de cosas.
   Pensando en estas cosas es que me sorprendí ingresando nuevamente en otra de aquellas viviendas, y con cierta alegría (tal vez porque así mi teoría se vería más cerca de ser cierta) observé que estaba idénticamente decorada a la anterior. Alguien me espiaba porque los pasos se acercaron hasta quedar bajo una de las ventanas muy cerca mío. Me dispuse a seguirlos comprobando que ambos lados de la calle se encontraban desiertos. Creí escucharlos nuevamente en el costado de la casa, hacia mi derecha, así que me apresuré a continuar por aquel sector. Caminé rápidamente por lo que fácilmente podría haberse llamado laberinto hasta que me topé con una multitud de seres reunidos en aire festivo; pero no les presté demasiada atención y proseguí mi eventual viaje al percatarme de que había encontrado otra vez el espacio hueco en la  muralla custodiada.