Sin titubear posé mi mano sobre el picaporte
de una de aquellas puertas y tiré hacia abajo. Empujando con timidez, ingresé a
un interior sencillamente decorado con una mesa de madera rodeada de cuatro
sillas. En una de las paredes habían colocado una pintura de un ave similar a
la alondra con el dorso pardo y el vientre blanquecino. Iba a proseguir con mi
inspección cuando escuché el sonido de unos pasos. Me apresuré a atravesar otra
vez la puerta y salí de nuevo mirando a ambos lados de la calle, pero no había
nadie. Seguí caminando y observando todas aquellas casitas que parecían el
calco repetido de algún modelo, entonces se me ocurrió que los habitantes de
aquella aldea (si es que llegaba a encontrar alguno) debían ser en extremo
felices, pues allí no había lugar para la envidia, las clases sociales, los
privilegios, y esa clase de cosas.
Pensando en estas cosas es que me sorprendí
ingresando nuevamente en otra de aquellas viviendas, y con cierta alegría (tal
vez porque así mi teoría se vería más cerca de ser cierta) observé que estaba
idénticamente decorada a la anterior. Alguien me espiaba porque los pasos se
acercaron hasta quedar bajo una de las ventanas muy cerca mío. Me dispuse a
seguirlos comprobando que ambos lados de la calle se encontraban desiertos.
Creí escucharlos nuevamente en el costado de la casa, hacia mi derecha, así que
me apresuré a continuar por aquel sector. Caminé rápidamente por lo que
fácilmente podría haberse llamado laberinto hasta que me topé con una multitud
de seres reunidos en aire festivo; pero no les presté demasiada atención y
proseguí mi eventual viaje al percatarme de que había encontrado otra vez el espacio
hueco en la muralla custodiada.
