Alicia
acababa de salir de la gris aldea de los Régulos cuando descubrió otra vez
aquellas huellas como las de su entrada a Calandria, como si alguien se le
hubiese adelantado a sus pasos. Desde entonces es que ella sospechó que podría
tratarse de la misma persona que la estaba siguiendo, así que invirtiendo los
roles, comenzó a seguirlas. No anduvo demasiado cuando tuvo que desistir en su
propósito debido a que la arena cedió ante una pradera magnífica, con un cielo
especialmente blanco y maravilloso, que parecía fabricado de algodón. Le
pareció que si tuviese la altura suficiente hasta podría subirse y dar un paseo
tan campante…
Al
detenerse descubrió (¿o no estaban allí antes?) unas simpáticas plantitas de
tomates, melones y zanahorias, a las que con mucho gusto se comió de tres
bocados. Alicia estaba muy feliz, como se había sentido en mucho tiempo. Se
sentía como se debe sentir una flor al ir abriendo cada uno de sus jóvenes
pétalos al sol naciente. Se sentía volar, sin alas. y así es como continuó por
aquellos maravillosos parajes que tenían por nombre Paradis, sin tener noción
del tiempo del tiempo empleado para ello.
